¿Eficiencia energética en el departamento de restauración? No, gracias.

Departamento de arqueología del Servicio de Restauración de la Diputación de Castellón

Podéis acusar a este Blog de clickbait por el título. Lo acepto. Un poco sí. Pero también os digo que el razonamiento que viene ahora es exactamente el del titular: en un departamento de restauración, hablar de eficiencia energética como argumento principal suele ser… una mala idea. Y no por capricho.

Una de nuestras dos líneas principales de trabajo —lo sabéis muchos por aquí— es la iluminación de departamentos de restauración. O mejor dicho: la correcta iluminación de departamentos de restauración.

Y digo “correcta” porque, sinceramente, jamás me he encontrado un departamento de restauración bien iluminado. Nunca. Sé que “nunca” y “jamás” suenan radicales, pero lo digo con conocimiento: he estado en muchos, y también en algunos de los mejor financiados y equipados del país.

¿Por qué pasa esto?

Hay muchas razones, pero una de las más determinantes es casi siempre la misma: la distribución de las luminarias del techo. Esas disposiciones se planificaron —hace años— para instalar equipos que, por norma general, entregan entre 2.500 y 4.500 lúmenes. Es el estándar del mercado. Es lo que hay “en catálogo”. Y, sobre todo, es lo que encajaba en una época dominada por el famoso 60×60: primero fluorescencia, luego su sustituto LED… con la misma lógica de diseño pero con menos consumo.

Hasta aquí, todo comprensible.

Cálculo luminotécnico de una oficina

El problema llega cuando ese mismo techo, con esa misma distribución, se utiliza para un espacio que no es una oficina, aunque se parezca.

Aquí aparece la segunda razón: el desconocimiento —o la simplificación— de las necesidades reales de iluminación en restauración. Muchos proyectos lo tratan como una oficina corriente, o como una oficina técnica en el mejor de los casos. Pero un departamento de restauración necesita, muy a menudo, más del doble de luz que una oficina técnica.
(Si queréis el detalle completo de por qué y con qué criterios, lo explico en este otro artículo.)

Con ese punto de partida, lo que queda es un escenario habitual: iluminación general pobre y, como “parche”, luminarias auxiliares de trípode. A veces son útiles, sí, pero no siempre son la mejor solución desde el punto de vista ergonómico. Ocupan, molestan, crean sombras poco deseables, condicionan posturas… y no siempre están donde deberían cuando se necesitan.

Entonces, ¿qué toca hacer cuando se quiere resolver el problema en serio?

Normalmente, la solución más razonable (y la menos invasiva) es una sustitución punto por punto, para evitar obras: mismo lugar en el techo, pero más luz. Y aquí viene la parte que hace que el titular tenga sentido: donde antes había 3.500 lm, nosotros ponemos 7.500 lm. Más del doble. No porque nos guste “meter potencia”, sino porque es lo que hace falta.

Da igual si allí había un panel LED o una pantalla fluorescente: si mantenemos los puntos de luz, para conseguir los niveles adecuados no queda otra que aumentar flujo, y eso suele traducirse en más potencia instalada.

Y todavía hay una capa más, que complica el asunto si lo miramos solo con la regla de los lúmenes por vatio:

Si comparamos una luminaria LED típica de CRI 80 o 90 con una de CRI 98–99 (como las que instalamos nosotros), las primeras suelen ser mucho más “eficientes” en lm/W. ¿Por qué? Porque en nuestros equipos, una parte importante de los recursos del LED se destina a generar un espectro mucho más completo y continuo, que cubra con mayor fidelidad la banda visible para el ojo humano.
Un LED de buena calidad pensado para oficinas o retail puede rondar 180 lm/W. Los que empleamos nosotros, como mucho, están alrededor de 115 lm/W… pero a cambio ofrecen una reproducción cromática extraordinaria, que es el verdadero “combustible” de un departamento de restauración.

técnico restaurando una obra en el muse del prado
Restauradora interviniéndo una obra en el Museo Del Prado. Luminarias de Matisse Lighting.

Por eso, cuando un cliente nos pide argumentos para justificar la inversión en iluminación de restauración, la eficiencia energética no suele ser el primero. De hecho, lo más probable es que el consumo suba después de la intervención.

El argumento real —el importante— es otro: la ergonomía del restaurador, que mejora su eficacia, reduce su fatiga, y permite que el ojo y la mano que intervienen sobre nuestro Patrimonio Cultural trabajen con precisión y seguridad.

Porque en restauración, la luz no es un “gasto a optimizar”.
Es una herramienta de trabajo.

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