¿Sabías que la historia de la iluminación de colores empieza mucho antes de los LEDs y las discotecas? Allá por el Renacimiento, cuando los teatros se llenaban de antorchas, velas y lámparas de aceite, ya había quien se las ingeniaba para teñir la luz. ¿Cómo? Con vidrios de colores, agua con tintes y telas translúcidas. Un poco artesanal, sí, pero el objetivo era el mismo que hoy: crear atmósferas.
En el siglo XVII llegaron los primeros “focos” de escenario y, con ellos, la posibilidad de añadir vidrios coloreados como filtros. Y cuando apareció la luz de gas, aquello fue una revolución: por primera vez se podía regular la intensidad y hasta jugar con los colores primarios para lograr mezclas mediante síntesis aditiva. Podríamos decir que en ese momento nació la iluminación RGB.
Después vino la famosa luz de cal, y poco más tarde la incandescente, acompañada de las célebres gelatinas de colores. El teatro ya no solo se iluminaba: se dramatizaba con luz. El color empezó a ser un lenguaje, un recurso para transmitir emociones, marcar atmósferas y dar vida a los cambios de escena.
El siglo XX fue un auténtico torbellino. Nuevos proyectores como los Fresnel, discos giratorios, sistemas de mezcla RGB, y, finalmente, el control digital con DMX. Todo avanzaba a gran velocidad y cada innovación abría puertas a mundos escénicos hasta entonces impensables.
Y entonces, a principios del siglo XXI, llegó la gran estrella: el LED. Primero conquistó los teatros, después los edificios, las discotecas, los eventos… y finalmente se abrió camino en arquitectura y diseño de interiores. La iluminación RGB se convirtió en sinónimo de versatilidad y creatividad
La museografía y el reto de la luz de color.
En los museos, sin embargo, la historia ha sido distinta. Más allá de algunas experiencias experimentales, los diseñadores expositivos han evitado las luces de colores. La razón principal: la calidad cromática.
Los focos RGB tradicionales dividen la luz en tres bandas muy estrechas (rojo, verde y azul). Eso genera mezclas poco naturales y, sobre todo, insuficientes para apreciar con fidelidad los matices de las piezas expuestas. A esto se suman efectos indeseados: por ejemplo, tras unos segundos bajo una luz verde saturada, el ojo humano empieza a compensar y vemos todo con un tinte magenta. Nada ideal para contemplar arte.
Pero la tecnología no se detiene. Hoy contamos con LEDs capaces de emitir bandas mucho más anchas, logrando blancos ricos, estables y libres de saturación visual. Al combinarlos con un canal blanco cálido (2700K, CRI 95), el espectro resultante es equilibrado y lo suficientemente versátil para crear atmósferas sin comprometer la fidelidad cromática.
Nuestros focos RGBW para museos.


Bajo este principio hemos desarrollado nuestros focos RGBW específicos para museografía y diseño expositivo. Gracias a la utilización de canales rojo y verde de amplio espectro, así como la incorporación de un canal blanco de alta calidad y al control mediante Casambi, ofrecemos a los diseñadores una herramienta que combina precisión técnica con libertad creativa.
Así, los espacios expositivos pueden aprovechar lo mejor de la iluminación dinámica —colores, atmósferas, cambios de ambiente— sin sacrificar la coherencia estética ni la correcta percepción de las obras.

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